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Hábitos: Somos lo que hacemos día a día

Escrito por Aritz Urresti el 9 May 2015

HábitosLos hábitos que tenemos todas las personas, son factores muy poderosos en nuestras vidas. Los hábitos nos hacen funcionar en piloto automático, de forma que no racionalizamos ni decidimos nuestras acciones cotidianas, sino que nuestra mente nos impulsa a la acción de forma automatizada, sin que intervenga nuestra mente racional. Es como cuando conducimos un coche: nuestras acciones no provienen de la mente racional, sino de automatismos. Introducimos la llave de arranque, pisamos el embrague, metemos la marcha… todo ello es un automatismo. Cuando realizamos cambios de marcha, no racionalizamos: “tengo que pisar el embrague y mover la palanca de cambios con la mano derecha hacia la derecha y luego hacia abajo”. Lo hacemos de forma automática, no racional, porque es un hábito.

Con el resto de cosas en nuestra vida actuamos igual. Levantarse cada mañana con el sonido del despertador, requiere un esfuerzo y una fuerza de voluntad descomunal. Sin embargo lo hacemos cada día sin ningún problema porque es un hábito.

Si nos paramos a analizarlo, vemos que hay hábitos que nos benefician y hábitos que nos perjudican enormemente. Se trata de pautas de comportamiento muy consistentes, que normalmente son inconscientes y que día a día forjan nuestro carácter y determinan nuestro destino.

Siembra un pensamiento, cosecha una acción. Siembra una acción, cosecha un hábito. Siembra un hábito, cosecha un carácter. Siembra un carácter, cosecha un destino. Proverbio

 

Pero… ¿Debemos dejar nuestro destino en manos de hábitos no racionales?

Modificar un hábito es algo muy difícil que requiere mucho tiempo y esfuerzo. Supone un proceso y un compromiso tremendo. Sin embargo es frecuente que al incorporar un nuevo hábito en nuestra vida, éste reemplace a un hábito anterior. Es decir, que en vez desgastarnos y desesperarnos luchando contra nuestros hábitos negativos, quizá sea mejor trabajar en incorporar nuevos hábitos positivos, para que sean estos los que desplacen y reemplacen a los hábitos negativos que nos estaban perjudicando. La fuerza de un hábito es algo similar a la fuerza de la inercia. Es muy difícil de parar cuando está en marcha y es difícil poner en marcha cuando está parado. Pero una vez que has arrancado, la propia fuerza del hábito te impulsa a continuar, como ocurre con la fuerza de la inercia. La motivación y la disciplina nos hacen empezar, el hábito nos hace continuar.

En vez desgastarnos y desesperarnos luchando contra nuestros hábitos negativos, quizá sea mejor trabajar en incorporar nuevos hábitos positivos

A veces el cambio es doloroso. El proceso de cambio de hábitos tiene que estar motivado por un propósito superior, debemos estar dispuestos a subordinar lo que queremos ahora, por lo que pensamos que querremos en el futuro. Debemos renunciar al fugaz placer inmediato por la felicidad futura.

Imaginemos que nos proponemos eliminar nuestro hábito de ir a tomar un par de cervezas todas las tardes a la hora de salir del trabajo. Y usamos como estrategia usar esa hora para ir al gimnasio. Nuestro propósito superior, es conservar la salud. La salud es lo más importante que tenemos y deberíamos priorizarlo por encima de todo, muchas veces no tomamos consciencia de esto hasta que la perdemos, y ya es tarde. Lo que estamos haciendo es introducir un nuevo hábito positivo que reemplaza al antiguo hábito negativo. No es preciso luchar contra el hábito negativo, ya que el nuevo hábito lo ha desplazado. Como decíamos, estamos subordinando el deseo inmediato de placer fugaz, para obtener la felicidad en el futuro (buena salud, buena forma física, evitar malestar físico…).

Para hacerlo realidad, es preciso un enorme esfuerzo inicial, una gran disciplina y fuerza de voluntad. Pero en el momento en que se transforme en hábito, lo hacemos de forma automática y deja de suponer un esfuerzo. Como cuando nos levantamos por la mañana, el hábito nos conduce hacia la acción y forja nuestro destino.

El problema es que las personas solo vemos el esfuerzo inicial que se requiere para el cambio de hábitos, y no nos damos cuenta de que en un futuro próximo, cuando el hábito está construido e instaurado en nuestra mente, no se requiere tal esfuerzo.

Somos lo que hacemos día a día, de modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito. Aristóteles

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